Una Crítica y Una Respuesta Divina
La escena que da origen a las siguientes enseñanzas es reveladora. Dos grupos de personas, muy distintos entre sí, se acercaban a Jesús. Por un lado, acudían todos los publicanos y pecadores, aquellos considerados marginados por la sociedad, para escucharlo. Por otro lado, estaban los fariseos y los escribas, los líderes religiosos, quienes observaban con desaprobación.
Desde su posición de aparente justicia, murmuraban una crítica que resonaba con juicio: “Este a los pecadores recibe, y con ellos come.”
Esta acusación no quedó sin respuesta. Sin embargo, la respuesta de Jesús no fue una defensa personal ni un debate teológico, sino una serie de parábolas que abrieron una ventana al mismo corazón de Dios. A través de estas historias, Jesús no solo silenció a sus críticos, sino que reveló una verdad eterna sobre el amor, el valor y la alegría divinos.
La Parábola de la Oveja Perdida: El Valor de Uno entre Cien
Para ilustrar Su punto, Jesús recurre a una de las imágenes más queridas y antiguas en la fe de Israel: la de Dios como el Pastor de Su pueblo. Pero no habla de un pastor idealizado, sino de uno que enfrenta los peligros reales de la geografía de Judea, donde un descuido podía significar una caída fatal para una oveja.
Jesús comenzó con una pregunta que cualquier persona de su tiempo entendería: ¿qué hombre, si tiene cien ovejas y pierde una, no deja las noventa y nueve en el desierto para ir en busca de la que se extravió, hasta encontrarla? La narrativa describe a un pastor cuyo amor por su rebaño es tan personal que la pérdida de una sola oveja es inaceptable.
Las acciones del pastor al encontrarla son un detalle de suma importancia. No la regaña ni la castiga. Al contrario, con inmenso gozo, la pone sobre sus hombros y la lleva de regreso a casa. Su alegría es tan grande que no puede contenerla; convoca a sus amigos y vecinos para que compartan su felicidad, exclamando: “¡Alegraos conmigo!, he encontrado la oveja que se me había perdido.”
El significado profundo de esta parábola ilumina el carácter de Dios:
- Un Dios que busca: El pastor representa a Dios. Su amor no es pasivo ni indiferente, sino activo y persistente. Él no se resigna a la pérdida de uno de los suyos, sino que toma la iniciativa para buscar incansablemente a quien se ha alejado.
- El valor del individuo: Para el buen pastor, el rebaño no era una estadística. No pensaba en términos de porcentajes, sino de rostros. La ausencia de una oveja creaba un vacío que las noventa y nueve no podían llenar. Así nos ve Dios: no como una masa anónima, sino como individuos preciosos cuya ausencia se nota y se lamenta.
- El gozo de la restauración: La alegría desbordante del pastor al encontrar su oveja simboliza el gozo de Dios cuando una persona es restaurada a Él. No hay lugar para el reproche o la condena, solo para una celebración sincera y compartida.
La Parábola de la Moneda Perdida: Una Búsqueda Diligente
Para que nadie piense que este amor buscador es exclusivamente masculino, Jesús inmediatamente presenta una historia paralela con una mujer como protagonista, mostrando que el corazón de Dios trasciende el género. Esta vez, la protagonista es una mujer que tiene diez monedas de plata (dracmas) y pierde una.
Para esta mujer, la moneda no era simplemente dinero; las diez dracmas probablemente formaban parte de su dote, su seguridad y su honor. Perder una era una tragedia personal, lo que explica la urgencia y meticulosidad de su búsqueda. Al igual que el pastor, ella no se resigna a la pérdida. Sus acciones revelan una búsqueda metódica y esmerada: enciende una lámpara, barre meticulosamente toda la casa y busca con sumo cuidado hasta que la encuentra. Y, al igual que el pastor, su alegría la impulsa a compartir la buena noticia. Reúne a sus amigas y vecinas, diciendo: “¡Alegraos conmigo!, he encontrado la moneda que se me había perdido.”
Cada acción de la mujer tiene un profundo simbolismo sobre la forma en que Dios nos busca:
- Encender una lámpara: Las casas de la época solían ser oscuras, con pocas o ninguna ventana. La lámpara representa la luz de la presencia de Dios, que ilumina la oscuridad de nuestra vida para encontrar lo que está oculto y perdido. Es Su gracia la que nos permite ver el camino de regreso.
- Barrer la casa: En un suelo de tierra, una moneda podía quedar oculta por el polvo. El acto de barrer simboliza el esfuerzo de Dios, que no teme ‘levantar la polvareda’ de nuestras vidas ni ensuciarse con nuestro barro con tal de encontrarnos y hacernos brillar de nuevo.
- Buscar con cuidado: La búsqueda no es casual, sino diligente, cuidadosa y perseverante. Esto demuestra que Dios nunca se cansa de buscarnos. Él revuelve todo lo que sea necesario y no descansa hasta hallarnos.
El Mensaje Central: La Alegría en el Cielo
Jesús concluye ambas parábolas con una declaración que contrasta directamente con la actitud de los fariseos. Mientras ellos murmuraban en la tierra, en el cielo había una fiesta. Él revela la enseñanza central que unifica las dos historias:
“así habrá más gozo en el cielo por un pecador que se arrepiente, que por noventa y nueve justos que no necesitan de arrepentimiento”
Y de la misma manera:
“la misma alegría tendrán los ángeles de Dios por un solo pecador que se convierta.”
Es importante aclarar que la expresión “alegría ante los ángeles de Dios” es una forma reverente de referirse a la alegría de Dios mismo. Los ángeles son los testigos privilegiados del gozo inmenso del Padre. Y este gozo celestial se desata cuando un pecador se “convierte”, es decir, cuando experimenta un cambio de rumbo y de mentalidad, reorientando su vida hacia Dios.
El contraste no podría ser más devastador: mientras en la tierra los religiosos murmuraban con ceños fruncidos, en el cielo resonaba una fiesta por la misma razón. Lo que para el hombre era un escándalo—la cercanía de Dios con el pecador—, para Dios era motivo de la más pura alegría.
Conclusión: El Amor que No se Rinde
El mensaje unificado de estas dos parábolas es claro y poderoso: el amor de Dios no es pasivo. Es un amor que busca, que persiste, que se esfuerza y que nunca se da por vencido con nadie.
Quizás usted se ha sentido alguna vez invisible, un número más en la multitud. Estas parábolas son la respuesta de Dios a ese sentimiento: Él no solo nota su ausencia, sino que la siente, la lamenta y se pone en marcha para traerlo de vuelta.
Saber que el Creador del universo nos busca con tanto afán y celebra nuestro regreso no solo debe llenarnos de un profundo consuelo y seguridad, sino también motivarnos a procurar nuestra cercanía con Él. Pues cada paso que damos hacia Su voluntad, cada acto de arrepentimiento, le da una inmensa alegría a Su corazón.